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 Salar de Uyuni - Altiplano Boliviano

Como  acostumbro a hacer, con  tiempo suficiente, me informé hasta averiguar el lugar  exacto y el medio de transporte que tendría que tomar. Os diré que esta nueva salida  deparaba aventuras como las nunca vividas, ni siquiera imaginadas.

Salar de Uyuni


El vehículo destinado a llevarnos hasta Bolivia  era un todo terreno con casi tantos años como yo y, desde luego, con bastante más achaques. En él viajábamos tres jovencitas inglesas y  dos muchachos más, uno italiano y el otro griego. Una vez acoplados en nuestros respectivos lugares el coche trata de ponerse en marcha pero, quizás por los años, no puede comenzar a dar sus  primeros pasos por lo que los 6 pasajeros nos bajamos para darle un pequeño achuchón y ya con el motor en marcha comenzamos lo que iba a ser una verdadera odisea.

 

Nuestra primera parada fue en un pequeño y destartalo edificio donde se encontraba la frontera oficial con Bolivia. El paso fue fácil, pero no puedo dejar sin mencionar el hecho de que los policías del puesto fronterizo se emperraron en que les diéramos monedas de nuestros respectivos países. “Para la colección, sabe usted”. El muchacho italiano  tenía unas liras y yo alguna moneda de 5 pesetas pero el resto no llevaban nada y ellos insistían en que rebuscasen de nuevo en sus bolsillos. De todas maneras, hacía un día magnífico y el tiempo que nos hicieron perder  se me hizo muy corto.

 

En esta pausa, a unos metros de la frontera y ya dentro de Bolivia, me encontré con una señora y su hijo. Ambos eran encantadores, pero su aspecto y vestuario denotaba una pobreza digna. Yo llevaba atada por fuera de la mochila (dentro ya no me cabía nada), una taza de porcelana decorada con muñecos que había ganado en un bingo que, en uno de los viajes que hice de Santiago de Chile a Arica, sortearon para hacer más distraídas las innumerables horas que duraba el traslado. Pensé nadie le podría venir mejor que a esta madre y se la dí  al pequeño. La mujer me lo agradeció con un gran abrazo y me invitó  degustar con ella el tomate y el pan que estaba preparándose para desayunar.

 

El Toyota donde viajábamos toca el claxon para llamarme.  Me despido de mi querida boliviana y me siento al lado del conductor. La vereda que llevamos, porque ni camino puede llamarsele, es a través del campo. Durante bastante tiempo pegamos saltos y más saltos y atravesamos pequeños lagos y riachuelos, que cruzamos como si de una autopista se tratase, hasta que el todo-terreno se para y Mateo, que sí se llamaba el simpático chofer que nos tocó en suerte, nos dice bajemos del coche y subamos a una pequeña colina desde la que descubrimos, a nuestros pies, una laguna con aguas totalmente blancas como la leche y a su lado otra  con aguas verdes como el musgo que nace entre pinares, dos lagunas casi unidas entre sí y sin ninguna semejanza entre ellas. En la laguna  verde no existe ni un solo animal ya que  sus a aguas son venenosas y no se seca gracias a que es alimentada por las aguas de la laguna blanca. El sol, que sigue brillante y apaciguando el frío intenso que reina en este lugar, hace resaltar aún más los colores de las lagunas. Al fondo de ambas se alza majestuosamente el volcán de Licancabur donde se encuentra una cripta inca. Todos estos lugares tienen su leyenda, real o ficticia, pero la tienen y en esta ocasión se dice que cuando un muchazo inca dejaba la pubertad para pasar a ser un buen guerrero debía subir a pié hasta la cima de este volcán de 5.930 metros de altura, pero debía hacerlo desnudo, por lo que podía ocurrir dos cosas, una que consiguiera su propósito.  volver con sus gentes y ser considerado un buen guerrero y otra que muriese en el intento y así servía como sacrificio a los dioses.

 

De nuevo proseguimos el camino sin  encontrar ni un solo bar, ni nada parecido donde poder parar para tomar un pequeño refrigerio, yo me repreguntaba cómo íbamos a pasar el día completo, sin poder comer ni beber nada. Al sacar el billete para el viaje nos advirtió que deberíamos llevar  nuestras propias provisiones. Bueno, pensé, en algún momento saldremos a una camino más civilizado y allí algo habrá. Pero eso no ocurría si no que,  por el contrario, cada vez nos adentrábamos más y más en terrenos ausentes de todo rastro de civilización.

La respuesta a mis elucubraciones no se hizo  esperar. Al cabo de un rato,  Mateo detiene el vehículo y nos dice que ya era  hora  de comer.  Acto seguido se baja del coche, abre la parte de atrás y saca un mantel de cuadros azules, lo extiende sobre el suelo y coloca encima de él tomates, que  parte en láminas, queso blanco, pepino, atún y pan y nos dice esa es nuestra comida. ¡Yo la encontré buenísima!.

Geiser Seguimos la ruta hasta llegar a un paraje lleno de geysers. Según Mateo, la mayor altura la alcanzan al amanecer por eso ahora, ya medio día, las fumarolas no pasaban de unos dos metros. A pesar de ello era un buen espectáculo y, sobre todo, una buena hora para tomar un baño en los socavones abiertos en la tierra con agua caliente a distintas temperaturas.  Mis dos compañeros de viaje tanto el griego, Pedro, como el italiano, Angel, eran muy divertidos y yo, olvidándome de mi edad, me convertí en una niña traviesa haciendo y recibiendo ahogadillas de mis dos compañeros.

 

El viaje continua y nos adentramos en paisajes tan extraños que bien podríamos llamarlos surrealistas ya que tan pronto ves una roca inmensa y cortada como un desfiladero como, al otro lado, ondulaciones del terreno con apariencia de dunas del desierto.  En un punto  Mateo se detiene de nuevo y toma unas  hierbas en su mano junto con un pedazo de queso y empieza a silbar cerca de un hueco de la montaña. ¡Asombroso!: allí mismo  aparece un roedor, como una especie de chinchilla con una cola inmensa marrón y se para frente a Mateo  en espera de que éste le dé las  hierbas y el queso que lleva en la mano. Luego Mateo acaricia al animal y éste se cobija sin temor alguno debajo de su  mano. Nos dice que, como aquí  no existe vegetación de ninguna clase, el animal moriría de hambre si no fuese porque él, siempre que pasa por aquí, cosa que sucede cada ocho días, le da un poco de comida. En otro orificio cercano el bueno de Mateo deja otro poco de comida de reserva. Ya me pareció a mí que Mateo era una buena persona.  Esto y lo que más tarde hará por mí me lo confirman.

 

La siguiente parada la hacemos en la “Laguna colorada”. Por supuesto que el calificativo bien lo tiene merecido ya que sus aguas son rojas como si debajo de sus aguas hubiese hogueras encendidas y, en contraste con ese color, bloques de nieve flotan sobres sus aguas, como vellones de lana agitados por el viento, ¿Puede imaginarse tanta  belleza?. Bueno, pues para completar este cuadro único, por donde quiera que extendía la mirada me encontraba con flamencos, con pico muy rojo, que surcaban las aguas rojas como veleros veloces. Una auténtica maravilla.

Laguna coloradaA todo esto os diré que, a cada momento que pasaba, el frío se hacía más intenso. Todos empezaron a sacar prendas de abrigo de sus mochilas. Yo había cometido la imprudencia, al abandonar Ushuaia, de regalar a mi amiga Marta  las botas de de gorotex y la chaqueta polar que mi hijo me compró con tanto cariño para resguardarme del frío austral y que, en ese momento, me pareció que ocupaban demasiado espacio en mi mochila. Menos mal que Pedro me prestó un jersey de auténtica y gruesa lana con el que logré sobrevivir del viento helador que, a manera de cuchillo, se metía en lo más profundo de nuestro cuerpo Sin embargo la estampa que estábamos viendo era tan impresionante que ninguno de los seis viajeros queríamos abandonar el lugar por lo que Mateo, que estaba atento a nuestros más mínimos deseos, se retiró un momento de nuestro lado y volvió con un manojo de hierbas secas que prendió acto seguido haciendo una fogata que, en aquel momento, yo no la hubiera cambiado por ninguna clase calefacción por muy sofisticada que ésta pudiera ser. Porque esos matorrales, que Mateo nos dijo se llamaban “yareta”, desprendían un olor tan aromático que de pronto todo el ambiente, si antes de esto era realmente mágico, imaginaros lo que fue a partir de entonces: sentir calorcito en el cuerpo y respirar un olor suave a madera resinosa mezclado con el aroma de las violetas.

 

La tarde ya iba cayendo y el sol nos decía adiós… y yo pensando que sería un milagro encontrar un lugar para dormir porque, si  ya os he dicho que en todo el recorrido  no encontramos ni un solo bar,  tampoco vimos ni una sola carretera, ni siquiera sendero. El chofer no sé por qué arte de magia dirigía el coche sin dudar ni un instante, yo pensaba que al azahar, pero debía conocer el camino de memoria ya que, al fin, nos anuncia que vamos a pararnos a dormir en un pueblo que está a unos 15 minutos y, aunque seguía sin vislumbrarse camino alguno, efectivamente al poco tiempo divisamos, no diría yo que un pueblo porque solo había tres casas, nuestro destino del día. Allí hicimos nuestra primera noche.

 

El lugar destinado a pasar la noche era una casa con una terraza estrecha y larga y al final de la misma se encontraba el servicio. ¿Os digo cómo era éste?, pues una habitación de unos tres metros de larga con una gran tinaja llena de agua , un agujero en el suelo donde se suponía estaba previsto colocar cualquier día un inodoro y un cubo de plástico para sacar el agua de la tinaja. Después de todo el día de viaje en un coche con la tapicería de los asientos brillante por el uso y  con agujeros por todas partes y habiendo tragado polvo de todos los colores, lo menos que esperaba era poderme dar una buena ducha, pero…¡ya, ya!. Además el dormitorio era otro habitáculo con tres literas adosadas a sus desconchadas paredes y en el centro una mesa cuadrada de comedor, por lo que llegamos a la conclusión  de que esta reducida habitación hacía las veces de comedor y de dormitorio. A poco llega nuestro chofer con un gran caldero con un  líquido espeso y algo dentro, que se suponía eran patatas guisadas. ¡Y todo un lujo!, también traía un cafetito. La verdad es que yo me encontraba realmente mal, aunque no sabía exactamente por qué.

AltiplanoDespués de cenar empezamos a charlar entre nosotros, ya os he dicho que no me encontraba bien  y no prestaba atención a lo que se decía. Todos en general estábamos muy cansados y, al poco tiempo, estábamos ya en  la cama. Yo no podía dormir, por primera vez en todo el viaje me sentía realmente enferma aunque no sabía lo que me  pasaba ya que dolor, lo que se llama dolor, no sentía ninguno. Era algo que tenía en el pecho, como si me asfixiara, como si me faltase el aire, comprendía que el estar  enferma entraba en las posibilidades que barajé antes de comenzar el viaje, pero ¿por qué precisamente iba a ser en este lugar donde no existía teléfono, ni ninguna otra clase de comunicación, y desde donde el lugar más cercano algo civilizado se encontraba a lo menos a dos días de coche?.  Mañana debo seguir pero no creo pueda hacerlo, y ¿qué  voy a hacer aquí metida, en medio de la nada?.  Así pasé la noche viendo todo de color muy, pero que muy negro hasta que, al amanecer, oigo la voz de una inglesita que dice ella no puede levantarse porque se siente morir y la misma cancioncilla oigo cantar a el  resto de los viajeros. Dentro de mi malestar estas voces me alivian.  O sea, que no soy yo sola la que me siento tan mal, también lo están todos mis compañeros. Creí era por mi edad, pero ellos son todos jovencitos de 18 a 25 años y también se sienten así, luego debe haber sido por algo que comimos y que no estuviese en muy buenas condiciones. Yo, que soy la única de entre ellos que habla español, me dirijo a nuestro guía-conductor y le explico lo mal que nos encontramos todos y el bueno de Mateo, con una sonrisa en la boca que nunca perdía me dice :”Es natural, mami, (así me llamaba), todos ustedes están “apunados”. – “¿Qué dice que tenemos?”- “Pues eso, que están apunados. No olviden que  hoy hemos pasado por tierras que están a 4.800 metros de altura y ahora concretamente estamos a 4.200 m. En una palabra,  que tienen lo que ustedes llaman  mal de altura, pero no se preocupen que ahora les voy a dar un remedio para ello”. Y  desaparece, sin más ni más, mientras yo explico a mis compañeros lo que me ha dicho. Al cabo de unos minutos regresa Mateo trayendo un saquete lleno de hojas de coca que vuelca sobre la mesa y nos dice tomemos un puñadito y lo mastiquemos durante un rato y adiós a todas nuestras malestares. Yo flipaba (¿no se dice así ahora?) cómo  podía ser aquello un remedio para nuestros males, pero la verdad es que fue un éxito. De repente un puñado de manos caen sobre el montón de coca y todos comenzamos a masticar sus hojas, como si de un chicle se tratase. Yo me preguntaba:  “¿Qué está haciendo una chica como yo en un sitio como éste?.  Pues mira, lo mismo que hacen los demás”. Luego a masticar coca a ver lo que pasa!. Y os digo sinceramente que, lo que pasó, fue casi un milagro, pues al  poco tiempo la presión en el pecho que antes sentía  desapareció como por milagro. E iguales resultados se notaban en mis compañeros que, ya aliviados, se disponían a reemprender un viaje que hacía unos momentos dudaban de poderlo hacer.

 

Hoy es el día de recorrer todo el altiplano boliviano. El invierno ha sido muy lluvioso y varios trayectos tenemos que hacerlos sobre agua de casi 30 cm. de altura, por lo que el todo terreno, en varias ocasiones, se queda atascado y entre todos intentamos sacarlo del agua. Por suerte lo conseguimos y continuamos el  camino como si nada hubiese pasado.

Paramos a comer en un poblado abandonado, donde los cactus son tan altos como cipreses. Con los grandes brazos de estas plantas alguien ha levantado una especie de  valla en los bordes de una calle y, como recuerdo de su pasado, solo quedan en pié dos o tres casas y parte de lo que pudo haber sido la parada de un tren. El viento es muy fuerte por lo que esta vez el mantel de cuadros azules se coloca sobre el asiento trasero del coche para evitar que las rodajas de tomate o del queso se vayan volando. Comemos lo mismo que ayer y, con el bocadillo en la mano, nos cobijamos en una de las casas abandonadas.

Laguna verdeEn todo lo que llevamos de viaje desde que dejamos la frontera con Chile, que está a unos 10 kms. de San Pedro de Atacama, no hemos encontrado un solo lugar habitado a excepción de las tres casitas donde dormimos anoche. Pero seguimos sin encontrar caminos o algún otro coche, aunque sea en dirección contraria, por ello en este lugar en el que ahora nos encontramos me siento como si fuéramos los únicos habitantes del globo terrestre, como si toda la humanidad hubiese desaparecido como en el Planeta de los Simios, y las vicuñas y flamencos fueran, junto con nosotros, los únicos supervivientes. Esta impresión iba a cambiar en breve, puesto que unas dos horas después avistamos un pueblecito de unas pocas casas, llamado San Juan. Creo que me van a faltar palabras para describirlo.

Cuando Mateo nos asegura que allí vive gente,  nuestro interior se agita de alegría al comprobar que ya no estamos solos sobre la Tierra, que aún siguen viviendo personas como nosotros. Cuando llegamos al pueblo oímos música o, mejor podríamos decir, sonidos no muy acompasados de flautas y tambores y sobre todo cánticos, muchos cánticos, muy mal entonados pero si acompañados de risas y más risas. Una vez dentro del poblado no vemos persona alguna, por lo que nos acercamos al lugar de donde procedía la algarabía y allí, en medio de un campo, nos encontramos a mujeres y hombres vestidos con atuendos de múltiples colores, con las caras pintadas de blanco y alguna que otra de rojo. Las mujeres llevan a sus espaldas una especie de haz de flores del campo y colgando del hombro una cantimplora que ofrecían de continuo a los hombre que l0 aceptaban sin dudar y bebían de ella. Todos bebían y bailaban, cada uno a su manera. Eran gentes muy acogedoras ya que nada más vernos se acercaron y nos sacaron a bailar y nos ofrecíeron beber de su cantimplora. Las inglesitas, muy reservadas, no tomaron nada de nada pero yo y los otros tres viajeros aceptamos de todo y allí nos vimos bailando con aquellas amables gentes y bebiendo una especie de vinillo dulce muy bueno. La verdad es que, cuando Mateo dijo que teníamos que seguir la ruta, lo sentí de veras. Sin problema alguno me hubiese quedado con este grupo de gentes que con tanto amor nos recibieron y que con tanta alegría celebraban sus carnavales, porque no os he dicho que el motivo de ir con las caras pintadas era porque estaban celebrando esas fiestas.

 

La noche llega y paramos a dormir en un pequeñito pueblo llamado Colchake donde, al igual que la noche pasada, dormimos todos en la misma habitación. Pero aquí, ¡al fin!, tenemos una taza de water y un grifo para poder ducharnos. En la cena, también preparada por Mateo, nos dice que nos acostemos temprano porque mañana va a ser un día muy duro ya que tenemos que cruzar el Salar de Uyuni , el cual, debido a las lluvias de este invierno, se encuentra lleno de agua, por lo que el coche no puede pasarlo y, por ello, cada uno de nosotros tendremos que tomar la mochila al hombro y cruzar con el agua hasta casi la cintura durante unas dos horas.

Yo había leído algo y había visto fotos del  Salar de Uyuni sin agua, por lo que sabía que el suelo era como si estuviese embaldosado con piezas hexagonales de unas 40 cms. de lado y un poco onduladas, ya que se trata de un  lago salado de 12.000 kms. cuadrados de superficie que normalmente está seco y  de donde se sigue extrayendo sal.

Solo pensar que tendría que ir caminando sobre este suelo me inquietaba en sobremanera ya que, al estar ahora inundado y no poder ver el firme en donde ponía el pié, sería muy probable que mis tobillos, ya muy resentidos, sufrieran alguna ruptura. En caso de que tal desgracia ocurriese representaba  tener que llevarme a un hospital, naturalmente en el todo-terreno que era el único medio de transporte que teníamos a nuestro alcance, por lo que me dirijo a al chofer y le digo: “Mira Mateo, sabes tengo muchos años, por algo  me llamas mami, y la mami está ya muy descalcificada como para  correr el riesgo de romperse un pié y tener un buen lío. Debe haber algún medio para poder cruzar el salar en el coche”.  “No, me contesta, piense usted que el agua ha llegado a una altura de entre 40 a 60 centímetros, y mi coche no es una barca.  Lo siento pero mañana la mami va a tener que cruzar el salar andando”.  Y ríe y ríe, acaso viendo la cara de susto que pongo. A pesar de todo sigo creyendo que quizás lo haya dicho para asustarnos un poco pero que, al final, no será para tanto. Con esa esperanza nos pusimos de nuevo en camino, en dirección al Salar de Uyuni.

 

A medida que vamos avanzando la cosa se complica por momentos ya que la tierra firme se va acabando y el agua cada vez sube un poco más,  hasta que llega el momento en el que sobrepasa ya la altura de la mitad de las ruedas del Toyota y empieza a colarse dentro del coche, por lo que Mateo para allí mismo y dice: “Bueno, hemos llegado al final de viaje, que cada uno tome su mochila y a andar sobre el agua unas dos horas. ¿Ves mami como que lo que te decía anoche era verdad?, y sigue riendo. Yo no le veía la gracia al asunto, pero opté por tomarlo a broma y ¡qué remedio! no podía volverme atrás. Luego ¡a tomar la mochila y confiar en mi buena estrella!. Pronto llegó el primer tropezón y, en ese instante, el bueno de Mateo, al que nunca olvidaré,  me hace gestos de que espere y veo que baja de la vaca del coche una cámara de neumático, como los de los camiones,  y con una bomba empieza a inflarla. Coloca unas tablas sobre el agujero central, las ata con unas cuerdas y me dice: “Mami, por ser tan simpática, anoche se me ocurrió que podrías subirte aquí y yo te arrastro con una cuerda”. No me lo podía creer, ¿cómo era posible que tuviese siempre tanta suerte?.  Me lancé sobre Mateo abrazándole una y mil veces. El resto de los viajeros se partían de risa y así, sentada en esas tablas flotantes y guardando el equilibrio sin atrever a mover un músculo de mi cuerpo me ví transportada como una nave a la deriva. Y, al final del trayecto, cuando pongo los pies en el suelo, aún cubriéndome el agua unos 20 centímetros lo que veían mis ojos me parecía de un cuento de hadas. Imaginaos lo que es verte reflejada en un inmenso espejo donde tu figura se alarga de una manera espectacular y al fondo, reflejado el cielo con tanta nitidez que parece puedas tocar las nubes con solo extender las manos. Los seis viajeros nos mirábamos sin atrevernos a decir una palabra por miedo a romper ese momento que todos nos parecía mágico.

 

No sé el tiempo que pasó,  si en mi largo viaje he podido descubrir rincones maravillosos, éste creo que sin duda hará el número uno.  Al fin volvemos a la realidad y al levantar la vista nos encontramos con otro todo terreno, tan viejo como el que habíamos dejado atrás, en el que había dos niños de unos 8 años esperándonos. Dieron una llave a Mateo y éste trató de poner en marcha lo que, más que un coche, parecía una barca ya que el agua cubría más de la mitad de las ruedas. Hizo  dos o tres intentos de arrancada pero claro está que no lo consiguió hasta que, como ocurría habitualmente, los pasajeros dimos un empujoncito y el motor se puso en marcha y continuamos el camino, allá dentro, todos nosotros incluidos los dos niños que iban sentados en la vaca con el objeto de ir echando agua dulce (o algo parecido) desde un bidón sobre el parabrisas para poder ver algo, puesto que al avanzar el agua del salar salpicaba todo el coche y al estar tan saturada de sal, los cristales quedaban cubiertos como si estuviesen helados impidiendo totalmente la visión. Yo me preguntaba como Mateo podría llevarnos hasta el “Hotel de Sal” que era casi el final de nuestra etapa del día. No pude menos que preguntarle: “Mateo, si no llevas una brújula contigo, si no existe ningún camino marcado,  si no hay un solo árbol o matorral o edificación que pueda darte un punto de referencia  ¿como es posible que sepas encontrar el camino sin perderte?. A lo que Mateo, sonriente, me contestó  que este recorrido lo había hecho ya tantas veces  que podría ir con los ojos cerrados y seguro que lo encontraría.  Y nunca mejor dicho, porque realmente el mirar por el parabrisas era lo mismo que intentar ver a través de una pared blanca, ya que la sal era cada vez más densa y el agua del bidón que arrojaban desde la vaca los dos niños, apenas hacía el efecto deseado.

De repente cuando ya la noche estaba llegando, allá al fondo conseguimos ver dos siluetas borrosas que resultaron ser el punto que buscábamos. Se trataba de una construcción cuyas paredes estaban hechas totalmente con sal. En su interior, donde tomamos una infusión (creo que de coca)  encontramos algo asombroso: todo el mobiliario estaba hecho con sal.. Hasta las camas, puesto que el local era una especie de hotel, eran de sal.  Consistían  en unas bases de ese material sobre las que habían colocado unas tablas de madera que soportaban el somier.  En fin, resultaba algo muy extraño observar tantos muebles de sal, realizados con tantos detalles, que te hacían olvidar el material con el que estaban hechos.

Ya, de noche cerrada, partimos dirección al pueblo llamado Uyuni donde estaba proyectado pasar la noche para, al día siguiente, continuar nuestra ruta por Bolivia.  Mateo nos aseguró que en media hora podríamos dormir en una cama de verdad y tomar una ducha calentita, cosa que, la verdad, a todos nos hacía mucha falta. Pero de pronto unos kilómetros más adelante la luz del Toyota va disminuyendo hasta que nos quedamos totalmente a oscuras. Yo, por entonces, ya confiaba ciegamente en el radar cerebral que demostró en tantas ocasiones tener el  bueno de Mateo. Pero esta vez me equivoqué de medio a  medio.  Aquí, al contrario que en los lugares por donde pasamos los días anteriores, existían múltiples caminos laterales, que podían verse gracias a la luna llena que nos alumbraba ese día. Mateo, sin dudarlo un instante, tomaba distintos caminos  Pero  sin resultado positivo, ya que él mismo reconoció, cuando llevábamos dos horas dando vueltas de una senda a la otra, que se había extraviado.  Cuando ya perdíamos la esperanza de poder dormir en una cama mullida, allá abajo, no muy lejos, vimos las luces de la ciudad de Uyuni,  El júbilo de todos era manifiesto.  Mateo toma un camino que parece mayor que los demás y efectivamente nos aproximábamos por momentos al lugar donde se veían las luces. Pero evidentemente no era nuestro día de suerte. A pocos kilómetros de la llegada nos encontramos con una inmensa piedra, que las aguas torrenciales de días pasados había arrastrado hasta allí, cortando el camino. Luego vuelta de nuevo y, al fin, después de siete horas de viaje, en las que recorrimos la inmensa distancia de 40 kilómetros, llegamos al punto de destino. Mateo nos llevó directamente a una casa particular donde nos esperaba un plato caliente y una habitación con tres literas. Pero en esta ocasión el colchón era confortable y las sábanas limpias y, sobre todo, había una ducha en la que, ¡como por arte de magia!, al abrir el grifo salía agua por los agujeritos de la alcachofa. ¡Hay que ver lo que inventa el hombre blanco!

A la mañana siguiente nos despedimos de Mateo quien me pidió que le acompañara a su casa porque su mujer y sus dos hijos querían saludarme, ya que les había hablado de que en  su grupo iba una señora de 65 años y querían conocer a la que él llamaba “mami”. Familia encantadora con la que pasé un rato inolvidable.

Y aquí el grupo de los seis pasajeros nos separamos.  Dos, de las tres chicas inglesas, que venían juntas, siguieron su viaje y Pedro, Angel,  la otra inglesa, Keith y yo tomamos juntos un tren camino a Oruro.

La vida en Bolivia es más barata que en Chile. Cuando llegas a las ciudades y bajas del tren o del  autobús encuentras a cantidad de personas que te ofrecen lugares para dormir. El precio oscila entre 300 y 800 pts.   dependiendo de que el servicio esté dentro o fuera de la habitación y de  que  la misma sea compartida con otras personas o no. Nosotros, para abaratarnos  el viaje, decidimos tomar siempre una habitación para  los cuatro y antes de dormir nos reíamos felices, contando cada uno sus historias y así íbamos congeniando y conociéndonos de tal manera que juntos recorrimos no solamente toda Bolivia si no que, también juntos, llegamos hasta la mitad de Perú donde ya cada uno marchamos a distintos destinos.

Enviado por Kandy - La abuela trotamundos



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