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Relato de mi aventura en la selva tailandesa. 2ª Parte: Desde recorrer la selva a lomos de un elefante hasta descender un río en una balsa de bambú. ¡Toda una aventura! |
Volvimos a la jungla seguidos de algunos chiquillos de Lisu. En el camino encontramos a otros grupos de turistas, era una ruta muy concurrida. Mr. Dee revoloteaba aquí y allí recogiendo setas para nuestro almuerzo. Conversé con una chica inglesa que estaba horrorizada porque el guía de su grupo les había animado abiertamente a comprar y fumar opio. Teníamos que desviarnos para coger el camino al campamento del elefante, pero no se como se nos pasó el pequeño desvío escondido entre los arbustos y seguimos caminando por la ancha y embarrada pista. Tras 30 minutos, nos dimos cuenta de que igual nos lo habíamos pasado. En medio del chaparrón que estaba cayendo, no podíamos hacer otra cosa que reírnos de nuestra situación. Dos chicas blancas agotadas, cubiertas de barro rojizo y llevando sombreros hechos de hojas al estilo de Peter Pan en medio de la jungla tailandesa en plena en plena estación del monzón…. ¡Estábamos para foto!
Aunque solas y perdidas, estábamos bien y seguras de que alguien nos encontraría. Gracias a Dios, Kung, nuestro guía/cocinero, pronto apareció tras pegarse 20 minutos buscándonos. Cuando llegamos al desvío que debíamos haber tomado, encontramos a un grupo de niños de Lisu que se habían unido a nosotros. Las caras de los sonrientes chiquillos me dieron fuerzas para proseguir hacia el campamento del elefante.
Llegamos a un grupo de edificios de madera a las orillas de un turbulento río. A un lado, había varios elefantes enormes con asientos en sus lomos para llevar pasajeros (sólo para turistas, imagino). Tras un pequeño descanso, los dos chiquillos que cuidaban de los elefantes nos acompañaron hasta una rampa construida con ramas de bambú atadas que servía como plataforma para subir a los elefantes. Rápidamente nos subimos, esperando que no nos soltaran un chorro de agua con su trompa, o salieran en estampida… A Ana y a mi nos encantó la sensación de balanceo que se siente montando un elefante, nuestro asiento se movía hacia delante y hacia atrás a cada paso de gigante dado por el animal.
Ser el mamífero más grande tiene sus ventajas y tener a un chico sentado en tu cabeza dando botes, gruñendo y dando órdenes es más una molestia que una amenaza y nuestra elefanta lo sabía. Ella estaba más interesada en comer que en llevarnos a través del río. Así que cuando intentó dirigirla hacia la dirección correcta golpeando con sus piernas, ella agarró una rama con su trompa y le dio al chaval unos porrazos con ella como diciendo ¿Quién es aquí el jefe?
Nuestro elefante parecía cansado en su dificultoso caminar. Yo disfrutaba del paisaje, observando la exuberante vegetación de la selva y la fuerza del río a lo largo del cual avanzábamos, cuando me di cuenta de que nos dirigíamos hacia una colina donde sólo se divisaba un estrecho sendero entre los árboles. ¿Cómo íbamos a meternos por ahí? Pues sorprendentemente lo hicimos.
Parecía que los elefantes hubieran aprendido a desfilar en una pasarela; daban los pasos uno delante del otro creando un estrechísimo sendero cuando hubiéramos esperado uno mucho más ancho. De repente, el elefante dio un tremendo bandazo y tuvimos que inclinarnos hacia delante para permanecer en nuestro asiento. Y como todo lo que sube tiene que bajar… Me agarré como pude a la parte de atrás del asiento mientras que con mis pies intentaba abrazar el cuello del animal. ¿Dónde diablos están los cinturones de seguridad? Entonces dimos un fuerte tumbo hacia abajo mientras penosamente logramos mantenernos encima de la bestia gris. Es una sensación terrible estar precariamente sentado encima de un gigante salvaje. Como consejo a futuros jinetes, aseguraros de que el asiento lleve una cuerda de seguridad o al menos un tope para no resbalaros y si el asiento es de madera mejor porque resulta menos resbaladizo si llueve. O quizá fuera más seguro ir con el chaval en la cabeza del elefante en lugar de en el asiento, ya que el no parecía tener ningún problema… excepto para dirigir al bicho, claro.
Delante de nosotros iban dos elefantes llevando a nuestros cuatro amigos japoneses río abajo. El nivel del agua empezó a subir por encima de las patas del animal y empezaron a gritar que era demasiado profundo. Entonces los elefantes sacaron la trompa del agua y sin previo aviso les dieron una buena ducha. Nosotras fuimos afortunadas, ya que montábamos el elefante más grande y cruzamos el río graciosamente sin mojarnos. Por fin llegamos sanas y salvas y pudimos disfrutar de un baño en el río y pasamos el resto de la noche bebiendo cerveza, jugando a las cartas y cantando canciones.
Nuestro último día comenzó con un estupendo desayuno de tortitas rellenas con piña, azúcar y zumo de lima. Recogimos nuestras cosas, la mayoría sucias y mojadas, y las pusimos en unas balsas de bambú. Consistían en unos largos y consistentes tallos de bambú atados juntos con hojas de palmera. El bambú crece en secciones con suficiente aire dentro para que floten muy bien (suponiendo que el equipaje no es demasiado pesado). Por turnos nos poníamos de pie en la balsa y usábamos palos de bambú para empujar la balsa corriente abajo. ¡Oh mi buda! Gritábamos cuando pillábamos rápidos y la balsa de bambú se ocultaba bajo las fangosas aguas revueltas. Pero ¡lo conseguimos! Evitando hábilmente las espinosas zarzas de la orilla, esquivando los árboles y pasando a través de peligrosos rápidos sin caernos de la inestable balsa.
Estábamos orgullosos de nosotros mismos y disfrutando de un descanso en un remanso del río, cuando la balsa se paró en seco lanzándonos a todos por la borda. Aparentemente habíamos chocado con una roca sumergida. Dos de nosotros eran arrastrados río abajo mientras yo me agarraba a un lateral de la balsa junto con el guía. ¡Gracias a Buda por los chalecos salvavidas! La corriente era muy fuerte y no podíamos volver a subir a la balsa. El destino quiso que dos chiquillos en un elefante nos vieran y vinieron en nuestra ayuda. Pronto la balsa estaba de nuevo en la superficie apenas sin daños a excepción de algunas de nuestras pertenencias. Completamos el trayecto que nos quedaba y llegamos al punto de recogida exhaustos y un poco doloridos.
Había encontrado toda la aventura que buscaba y más. Habíamos disfrutado de la experiencia en la selva y descubierto el auténtico modo de vida de una de las muchas tribus tailandesas. Nos dimos cuenta de cómo mucha gente en la tierra sobrevive en un entorno hostil y sobrecogedor. La dureza de la jungla por un lado te humilla y por otro te fortalece el espíritu. Esto fue sin duda una experiencia única en la vida y una aventura trepidante. ¿La viviría de nuevo? Sin dudarlo un instante. ¡¡Descubre Tailandia!!