| Chitwan es un parque natural al sur de Nepal en la frontera con la India. Un lugar fantástico para descansar tras un trekking en el Himalaya y descubrir otros de los encantos de este pequeño país: la selva subtropical y su reserva de la vida salvaje. Esta fué nuestra pequeña aventura de dos días en Chitwan. |
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Después de nuestro trekking al Santuario del Annapurna y tras tres días de descanso en la apacible ciudad de Pokhara, decidimos dirigirnos al Parque Natural de Chitwan en la frontera con la India. Nuestro guía en el trekking nos puso en contacto con una agencia que ofertaba paquetes de 2-3 días por unos 60$ incluyendo el transporte, alojamiento y distintas actividades en el parque. Aunque el precio era elevado tratándose de Nepal, no teníamos ganas de organizar el viaje por nuestra cuenta y contratamos un paquete que incluía un trekking a pie por la selva y un safari en elefante.
A la mañana siguiente muy temprano fuimos a la estación para coger el autobús que nos llevaría a Chitwan a unos 180 km al sureste. Había habido tres días de huelga general durante los cuales no había habido transporte, por lo que una larga procesión de autobuses iniciamos la marcha. Parece mentira que un trayecto tan corto pudiera ser semejante aventura. Era septiembre, justo después del monzón, y todavía no habían tenido tiempo de arreglar las carreteras arrasadas por las fuertes lluvias. La estrecha y sinuosa carretera recorría barrancos y desfiladeros, parajes de gran belleza y auténtico peligro.
Los baches o más bien tremendos agujeros eran un continuo, y en algunos tramos los corrimientos de tierra se habían llevado por completo el asfalto y los autobuses acababan circulando por pistas por las que en España ni si quiera se hubiera aventurado un 4x4. Y aún en esas condiciones los expertos conductores se atrevían a adelantar y a llevar una velocidad que a mí por lo menos me parecía vertiginosa. Pronto tuvimos que detenernos porque, literalmente, la carretera había desaparecido arrastrada barranco abajo por un desprendimiento.
En poco tiempo se formo un tremendo atasco de autobuses y camiones, y una multitud de viajeros invadimos la carretera y nos pusimos a observar como un grupo de trabajadores con una escavadora y una apisonadora trataban de reconstruir el tramo hundido para que pudiéramos continuar. Tras un par de horas en las que hicimos amistad con medio autobús, conversamos con los lugareños y combatimos el sofocante calor refrescándonos con los torrentes que discurrían por las laderas, continuamos el camino... hasta que encontramos el siguiente tramo hundido… ¡Fueron más de 8 horas de viaje para menos de 200km! Las paradas por carretera cortada se sucedieron 3 o 4 veces y los exhaustivos controles policiales en algunos de los pueblos también nos hacían perder mucho tiempo (la situación era conflictiva en el país y aunque a los turistas no nos molestaban, los locales tenían que bajar del autobús en cada control para presentar su documentación y eso retrasaba mucho el proceso). A pesar de que pueda parecer extraño, yo recomiendo a todo el mundo que viaje a Nepal que haga al menos un viaje en autobús, es una experiencia única, te permite disfrutar del paisaje, conocer a mucha gente del lugar y admirar la paciencia y resignación con la que se enfrentan a las dificultades de su vida diaria.
Cuando por fin llegamos al Hotel Park Side donde nos alojamos a las afueras del parque, estaba atardeciendo. El pequeño hotel, regentado por una familia, estaba genial, las habitaciones sencillamente decoradas con muebles de madera y mimbre eran muy amplias y con enormes ventanales para disfrutar del paisaje y estaban impecables, incluso el baño. Dejamos nuestras cosas y atravesamos un pequeño poblado de cabañas de adobe, hasta un lugar donde ver mejor la fantástica puesta de sol.
Cuando regresamos, la cena estaba lista en la terraza. La comida estaba deliciosa y luego disfrutamos de una agradable charla con el hijo mayor de la familia que era quien llevaba el hotel, nosotros cuatro y un taiwanés éramos los únicos huéspedes así que nos llevaban en bandeja. A la luz de las velas, se respiraba una impresionante paz y quietud en el ambiente, sólo rota por nuestras voces y los sonidos de los animales a lo lejos. Hablamos de muchas cosas, de la vida en España y en Nepal, y el taiwanes nos contó su aventura cuando en su trekking se encontraron con la guerrilla y le hicieron pagar un impuesto revolucionario de 12$ (todo un robo…), eso si, le dieron un recibo para que si la guerrilla volvía a detenerle no tuviera que pagarlo de nuevo (si que son civilizados estos guerrilleros…)
A la mañana siguiente nos fuimos al parque para hacer nuestro trekking a pie por la selva. Nos acompañaban dos guías, uno encabezaba la marcha y otro la cerraba, era obligatorio para evitar los encuentros por sorpresa con los rinocerontes. Recorrimos el bosque y nos encaramamos a un par de torres de vigilancia cerca de unos lagos para ver si veíamos rinocerontes u otros animales acercándose a beber, pero salvo, pájaros, alguna ardilla y las horribles sanguijuelas que se cebaron en los pies del pobre guía (iba con chancletas frente a nuestras super botas de montaña) no vimos nada más. Atravesamos el bosque, a ratos abriéndonos paso dificultosamente entre la maleza y cruzando pequeños riachuelos.
Llegamos a una zona más abierta cerca del río y entonces nuestro guía nos hizo detenernos. Se adelantó unos pasos y luego volvió para explicarnos que había un rinoceronte a unos 100 m, y que le siguiéramos despacio. Con mucho sigilo nos encaramamos a un árbol y efectivamente allí estaba, apenas visible entre la maleza. Nos hubiera gustado acercarnos más porque desde tan lejos no se veía bien, pero el guía nos dijo que eran unos animales muy agresivos y que era demasiado arriesgado, así que nos quedamos allí quietos un rato y como el rino no parecía tener intención de moverse, seguimos la excursión.

Yo estaba un poco decepcionada por no haber visto muchos animales después de tantas horas de exploración, pero la verdad es que el paisaje era impresionante y bien merecía la pena. Para volver teníamos que cruzar el río, frontera natural del parque. En la orilla, había unas chicas jóvenes trabajando y recogiendo fardos de paja. Al principio estaban distantes, pero les llamaba mucho la atención nuestra cámara digital y nos hicimos unas fotos para que se vieran a si mismas, lo que les encantó. Pasamos un rato muy agradable e intercambiamos unos pasadores y gomas de pelo, a pesar de que no hablaran ni una palabra de inglés.
Nuestro guía llamó a unos muchachos que estaban en la otra orilla con una especie de canoas y vinieron a recogernos. A pesar de ser muy inestables, conseguimos llegar a la otra orilla medianamente secos y nos dirigimos de nuevo en 4x4 a nuestro lodge para disfrutar de otra encantadora velada.
A la mañana siguiente teníamos que salir al amanecer a nuestro safari de 2h en elefante. Todavía era de noche cuando nos despertaron gritando que el elefante nos esperaba. Y cual fue nuestra sorpresa cuando al asomarnos vimos que efectivamente el elefante estaba en la puerta esperándonos. Un chaval iba sentado en su cabeza y lo dirigía dándole golpecitos con sus pies desnudos detrás de las orejas. Lo situó debajo de la terraza desde donde los cuatro nos subimos a la plataforma que tenía en el lomo a modo de silla. Y así con las primeras luces del amanecer nos adentramos en la selva.
Las vistas desde lo alto de la bestia eran impresionantes, pero también lo era el traqueteo y a todos nos daba la risa sobre todo cuando intentábamos hacer fotos y todas salían movidas. Cruzamos un pequeño río y nos adentramos en una zona de vegetación más densa por donde no parecía que se pudiera seguir. Pero los elefantes saben como abrirse camino en la jungla, con unos cuantos golpes de trompa rompía las ramas y se abría paso entre la maleza y es más, estaba adiestrado para ir haciendo fardos con las ramas y dejar perfectos paquetitos a su paso. Lo malo es que sólo apartaba las ramas que le molestaban a él y nosotros que íbamos encima teníamos que ir esquivándolas como podíamos.
De repente, se abrió un claro y vimos un pequeño estanque con una familia de rinocerontes dándose un baño y ¡sólo a un par de metros! Era increíble, casi podíamos tocarlos pero desde la tranquilidad que te da estar subida en un animal mucho más grande. Fue una excursión genial y por fin tuve la ración de animales que quería, aunque no tuviéramos la suerte de ver un tigre.
Después de nuestro “corto” safari, os aseguro que dos horas son más que suficientes para ir dando botes en un elefante, volvimos a desembarcar en la terraza donde nos esperaba un estupendo y abundante desayuno con el que coger fuerzas para nuestro viaje de vuelta a Katmandú. Me dio mucha pena dejar ese lugar tan bello y tan tranquilo, pero nos esperaba otro corto trayecto en autobús de menos de 200 km que está vez duró más de 10 horas, pero eso es otra historia…