Segunda parte de nuesta aventura en Salvador de Bahía. Las paradisiacas playas del Morro de Sao Paulo y de Imbassaí, de las que nunca querrías tener que marchar. |
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17/11/04
7:30 a.m y ¡¡arriba otra vez!! Nos íbamos a Morro y teníamos que desayunar, hacer la mochila con 4 cosas y dejar el resto en consigna del hostal de Laranjeiras, nuestro campamento base.
Yo en Morro ya había estado. A mis amigas les había hablado del lugar y quería que les encantase como a mí me había encantado. Si no les parecía tan impresionante, me iba a quedar un poco triste; pero cuando el barquito hacía su entrada en aquel puerto de cuento, pude ver en sus caras la sorpresa de aquel lugar como parado en el tiempo y de aquella vegetación reflejada en esas aguas tan azules.
Desembarcamos y unos lugareños llevaron nuestras mochilas en unas carretillas hasta la posada en la que nos íbamos a alojar. Aquello les pareció a éstas muy gracioso. Decidimos quedarnos en una posada situada en la 3ª praia llamada APARECIDA DO MAR, que tenía un color esmeralda muy bonito y estaba al borde del mar.
En Morro había un pueblo hippie muy cachondo donde no existía el stress. Tampoco existía el asfalto y las calles eran de arena. La gente andaba descalza, en bañador y los únicos medios de transporte que se veían eran los burros, caballos y las carretillas de los maleteros. Aquel lugar era un paraíso y podíamos habernos quedado allí una semana entera. ¡¡¡¡Qué playas, qué sol, qué barato!!!!!
18/11/04
Era nuestro segundo día en Morro. Desayunamos copiosamente y después nos sentamos en las escaleras de la posada que estaban en la arena, a escasos metros del agua del mar. Aquel lugar relajaba, te llenaba de paz y podías sentarte allí mirando a tu alrededor durante horas porque eso te hacía sentir bien. Podíamos habernos quedado tiradas todo el día en la playa, pero conocimos al bueno de Carlos (Cal-lo), que por un precio ridículo nos llevó en su barco de excursión.
Fuimos a unas playas increíbles. Playas casi vírgenes de arenas amarillentas y agua muy azul. Lo más divertido fueron los barros. Eran lodos que nos untábamos por el cuerpo, que tenían propiedades para la piel. Estuvimos bastante rato embadurnándonos de tierra y ¡¡qué pintas!! 
Al llegar a Morro otra vez, nos despedimos de Cal-lo. Parecía que nos íbamos a la guerra por los abrazos que nos daba, pero yo creo que más bien, el hombre estaba encantado de tener tanta mujer a su alrededor. Era nuestra última noche en Morro y para variar nos dimos el homenaje comiendo.
19/11/04
Nos levantamos pronto para variar porque queríamos exprimir el tiempo a tope. Aprovechamos la playa un poco más, picoteámos algo y nos fuimos a por el barco, que en este caso iba a ser casi lancha.
La vuelta a Salvador fue un poco problemática porque la lancha que nos tenía que llevar se había roto y el viaje en vez de durar 2 horas y ser en 1 solo medio de transporte, duró 5 y utilizamos una especie de lancha, un autobusillo un poco cutre y una “patera”(creo que la palabra lo describe bastante bien). Contratamos un taxista que nos llevo a una posada hacia el norte de Salvador porque al día siguiente pensábamos movernos por aquella zona.
Llegamos a la posada de Bouganville en la que a pesar de la reserva hecha unos días antes, no nos esperaba ni Crispin. El hombrecillo que estaba en la recepción, no se enteraba de nada y la habitación era un poco asquerosa y había hormigas con cabezas gigantes, pero estaba tan matada que dormí como un bebé.
20/11/04
Aquel día habíamos planeado ir a un par de playas de las que nos habían hablado muy bien. Del primer sitio, me enamoré. Allí, el río Imbassaí (que da nombre al lugar) se metía en el mar y el espectáculo natural era maravilloso. El acceso a Imbassaí era muy original. La carretera se terminaba y empezaba un camino de tierras rojísimas que daba al río donde unos hombrecillos te trasladaban hasta la playa en unos tablones provistos de sillas de plástico. Los hombrecillos apoyaban unos palos en el fondo del río, haciendo que avanzáramos lentamente, como en una góndola; todo esto por el módico precio de 1R$. El invento de la barca nos pareció buenísimo y nos confiamos totalmente a él. Eso sí, si me hubiesen dicho que en el río había pirañas o cualquier otro tipo de animal dispuesto a darnos un mordisco, me lo hubiese pensado. Nuestro barquito casero nos dejó en una mini playa un poco extraña. Era una playita bordeada de chiringos que tenían sus mesitas, sillitas y sombrillas metidas en el agua y la gente se sentaba allí a tomar sus cervezas y sus “peixe” frito.
Nos pusimos a andar un poquito entre los chiringos y decidimos mirar qué había detrás de ellos; apareció entonces un mar embravecido como no había visto antes; un mar que sobrecogía por la fuerza que tenía. La playa estaba prácticamente desierta, lo que era normal por el viento que había, que hacía que la arena se clavara como alfileres. Aún así, decidimos pasar allí parte del día para tomar por última vez el sol antes de volver al crudo invierno.
Más tarde nos fuimos a Praia do Forte. Teníamos ganas de ir porque era muy famoso el lugar, pero no tenía nada que ver con Imbassaí. La huella destructora del turismo masivo estaba presente y aunque no estaba feo, el sitio no valía gran cosa si lo comparábamos con los lugares tan preciosos en los que habíamos estado. Aprovechamos para ver el criadero de tortugas y es que en esta praia se está haciendo un proyecto para evitar que las tortugas de mar desaparezcan.
El taxista que nos había llevado de un sitio a otro durante todo el día estaba ya hasta el gorro de nosotras y pensamos en volver a Salvador. En la capital del Estado de Bahía, se estaba montando otra buena, parecida a la del día de Olodum.
21/11/04
¡¡Último día de nuestro super viaje!!
Nos levantamos con la resaca del alcohol de la noche anterior y de la tristeza de pensar, que en unas horas, al despegar nuestro avión, Brasil con sus momentos iba a quedar allí y en nuestros recuerdos. Las consumistas decidieron hacer las últimas compras mientras que las otras, decidimos quedarnos en el hostal. Un poco mas tarde, todas juntas, fuimos a pegar los últimos saltos a un concierto que había en una plaza. Fue una forma de decir adiós...
Ya en el taxi, de camino al aeropuerto, en mi cabeza se iban apelotonando recuerdos de esos 10 últimos días. Atrás dejábamos el Pelourinho, su magia, sus personajes, su música... Había sido un viaje inolvidable. Y ya en el avión, pudimos sentir con el despegue, el comienzo de la vuelta a la realidad, cada una con su historia particular. Madrid nos esperaba al otro lado del charco con un frío invernal...