EL KILIMANJARO, LA CIMA DE AFRICA - TANZANIA
Fecha Miércoles, 18 mayo a las 12:53:35
Tema TANZANIA


Cada año, miles de personas se enfrentan a las bajas temperaturas, la escasez de oxígeno y las rocosas pendientes, para alcanzar una de las “7 cimas”. Escalar el Kilimanjaro es una de las primeras atracciones turísticas de África y una auténtica experiencia. Cima del Kilimanjaro


Nada más bajar del autobús en Arusha, fuimos atacados por una multitud de operadores que organizan safaris y trekings al Kilimanjaro. No corren buenos tiempos para el turismo en Kenia y Tanzania y la temporada baja se acercaba, por lo que las agencias estaban ansiosas por cazar a los escasos turistas.

Había sido un día largo viajando desde Nairobi a través de la frontera con Tanzania y no estaba de humor para jaleos. Todo lo que queríamos era conseguir un taxi para llegar a la parada de autobús y completar nuestro recorrido hasta Moshi, la pequeña ciudad a los pies del Kilimanjaro donde pensábamos pasar la noche. Sin embargo, los tour operadores tenían otra idea. Su trabajo era conseguir carne fresca recién bajada del autobús y venderles un tour antes de que cayeran en manos de sus competidores.

Tras librarnos de la mayoría, pensamos que habíamos encontrado un auténtico taxista, pero pronto nos encontramos en la puerta de una oficina que en absoluto parecía una parada de autobús. "El autobús llegará en seguida; podéis esperar en la oficina". En cuanto alguien mencionó un tour por el Kilimanjaro, me sacaron de mis casillas… No me llevó demasiado convencerles de que si apreciaban sus vidas, deberían de llevarnos inmediatamente a la parada de autobús. Cinco minutos más tarde, estábamos en el autobús a Moshi. Cuando intenté pagar el billete de autobús, el “taxista” intento arrebatarle el billete de 5000 KSH (8$) al conductor y ambos se enzarzaron en una gran discusión. Al final tuve que recuperar mi billete y bajar del autobús para conseguir que alguien me diera cambio.

MoshiFinalmente llegamos a Moshi y tras una buena noche de descanso, estábamos listos para contratar nuestro viaje. Moshi era una ciudad agradable y tranquila, un par de calles asfaltadas y un puñado de callejuelas donde los sastres trabajaban en sus máquinas de coser a pedales. Aunque era la base de muchas agencias, fuimos capaces de recorrer las calles sin demasiados problemas.

Acabamos reservando con una agencia. Hubiéramos preferido hacer el viaje solos, pero el gobierno, a sabiendas de que tienen la llave del mercado de ascensiones al Kilimanjaro, ha convertido la montaña en la gallina de los huevos de oro obligando a todos los escaladores a contratar agencias oficiales. De los 590$ que cuesta un treking de 6 días a la cima, alrededor de 450$ van directamente a las arcas del gobierno y más probablemente al bolsillo del presidente de Tanzania. Eso deja sólo 140$ para cubrir todos los gastos, incluidos el guía, los porteadores, la comida y el equipo. Puede que no parezca mucho, pero una vez que has pagado los impuestos del gobierno, 150$ dan para mucho en Tanzania.

La ruta que elegimos era la ruta Machame, también llamada la ruta del Whiskey, para que los turistas no tengan que lidiar con nombres extraños y difíciles como Machame. Se unieron al grupo Edward y Frederick, dos británicos de clase alta de pura cepa recientemente graduados en la escuela Eton, que realizaban su primera aventura lejos de casa. A pesar de su conducta de colegial británico, eran encantadores y siempre me impresionaron con su maestría en historia del arte, política, latín y bromas pesadas.

Completaban el grupo nuestros guías Eugen y Joshua y 8 porteadores, ¡sí 8! Aunque el equipaje no era tan estrafalario como en el treking en Nepal que hice hace algunos años, en el que entre otras cosas llevábamos una mesa y sillas, la procesión de porteadores hacía que nuestro treking pareciera más una expedición al Everest que una simple excursión guiada. Yo tengo una regla cuando viajo o voy de excursión, y es llevar mis propias cosas, porque si no puedo acarrearlas, entonces quiere decir que llevo demasiadas cosas y es hora de deshacerse de unas cuantas. Nuestro guía, por lo visto, nunca había oído una idea tan extravagante como que un cliente llevara su propia mochila y cuidadosamente me explicó que era una ascensión larga y dura y que era absurdo que yo llevara la mochila. Tras 10 minutos, se dio cuenta de que iba a perder la discusión e iniciamos el ascenso a la montaña.

Selva TropicalEl primer día fue quizá el más bonito, atravesando la frondosa y húmeda selva tropical. Mis botas resistentes al agua probaron realmente su valía, ya que acabamos metidos hasta los tobillos en charcos y barrizales. Me pasé la mayor parte del día (en realidad, de todos los días) alternando entre charlar en español con Diana y hablando de política con los chicos de Eton. Día a día la vegetación se iba haciendo menos densa y el aire más enrarecido y cada noche la sencilla comida compuesta de arroz, sopa y pollo se hacía más apetecible.


La cuarta noche alcanzamos el campo Barafu (4600 m, 15500 pies) nuestro último campamento antes de conquistar la cima al día siguiente. El terreno en este punto era poco más que rocas y pequeños arbustos con gigantes bloques de hielo flotando sobre nosotros. Ya desde el primer día, la temperatura se hacía insoportablemente fría cuando el sol desaparecía en el horizonte, y cuando llegamos a Barafu, estaba helando.  Después de zamparnos rápidamente nuestra comida, nos retiramos a las tiendas para descansar unas pocas horas antes del último esfuerzo para alcanzar la cima.

Día Cumbre. Nos despertamos a las 11:30 pm, en medio de la gélida noche, para prepararnos para comenzar la ascensión. El tiempo había empeorado durante la noche y una ligera nevasca caía sobre el campamento.

En la lejanía, más allá de Moshi, los relámpagos resquebrajaban el negro el cielo. Estaba preocupada; la climatología lo es todo cuando estás subiendo una montaña, y no se me ocurría una situación peor que estar en medio de una tormenta eléctrica en el punto más alto del continente. Una pequeña voz dentro de mi cabeza me repetía: “Vete hacia abajo; evita los puntos elevados, los espacios abiertos, y las crestas expuestas”. Nuestros guías, sin embargo, ni si quiera mencionaron la tormenta, e incluso cuando les preguntamos si no estaban preocupados por ella, nos aseguraron que permanecería por debajo de la cima. Sabiendo que ellos habían estado en el Kilimanjaro 100 veces más que yo, confíe en su experiencia. Tras una rápida taza de té, encendimos nuestros frontales y comenzamos el lento ascenso.

Glaciares del KilimanjaroLa ventaja de iniciar la marcha tan temprano, es que la nieve está helada por lo que es mucho más fácil caminar por ella. La desventaja, por supuesto, es que el frío era tan intenso que se te metía en los huesos y sabía que en cuanto hiciéramos una parada para descansar mi cuerpo se rendiría. Finalmente comprendí que era mejor para mi seguir moviéndome suavemente en torno al grupo mientras ellos descansaban, que dejar de moverme y quedarme congelada.

Pronto Ed y Fred empezaron a distanciarse con Joshua y Eugen se quedó atrás con Diana y conmigo. Después de 2 horas de lenta subida, Diana estaba congelada y agotada. Tras más de 4 horas a este ritmo, estaba claro que ella no iba a conseguirlo. Decidimos separarnos y ella se quedó atrás con Eugen mientras yo seguía montaña arriba en busca de los otros. En ese momento, el resto del grupo no era más que un pequeño punto de luz más arriba en la montaña. Empecé a correr hacia la luz (vale, realmente no era correr; a 5700 m de altitud (18000 pies) es mas bien como hacer footing a cámara lenta). Tras media hora de esfuerzo agotador, alcancé al otro grupo jadeando y sudando. Ed y Fred parecían bastante rendidos y tras recuperar la respiración, continué mi rutina de pasear arriba y abajo para mantenerme caliente durante las múltiples paradas de descanso.

Cuando alcanzamos el borde del cráter, la soledad de la que habíamos disfrutado la mayor parte de nuestro viaje se rompió al vernos incluidos en una retahíla de montañeros que habían llegado por la ruta de Marangu (conocida como la ruta de la Coca Cola). En ese punto decidí separarme del grupo y continuar en solitario. Después de media hora, alcancé la cima del Uhuru (5895 m, 19450 pies), justo cuando el sol despuntaba por el horizonte. Fui la única en llegar a la cima a tiempo para el amanecer.

Amanecer en el KilimanjaroLa cima, como todas las cimas, era un lugar mágico; un lugar de indescriptible paz y belleza. Los 15 minutos que pasé en la cima hicieron que los 5 largos y duros días de treking merecieran la pena. La cima del Kilimanjaro es prácticamente plana,  con un marcado borde y un cráter poco profundo. Poco después del amanecer, llegaron Ed y Fred y tras las obligatorias felicitaciones y fotos en la cumbre, iniciamos el largo y tranquilo descenso.

Por alguna razón que sobrepasa mi entendimiento, los guías habían decidido que nos sentaría mal comer, así que tras tomar sólo un tazón de sopa en el campamento, continuamos descendiendo durante otras 4 horas. Al final del día, estaba de un humor de perros. Había estado andando durante 13 horas sin comer más que un té y un poco de sopa en todo el día, y me había quedado sin agua después de las primeras 9 horas.  La senda era rocosa y resbaladiza y mi rodilla no paraba de retorcerse intentando avanzar por ella. Cuando por fin alcanzamos el campamento, me tragué 2 litros de agua, me tiré en la tienda y me desmayé.

Después de una buena noche de descanso, estaba de mucho mejor humor y rápidamente recorrimos las pocas horas que quedaban de vuelta hasta el campamento base. Casi como para que quede constancia de las conquistas de la cima del Kilimanjaro, el puesto de guardabosques de la base nos extendió unos certificados que acreditaban que efectivamente habíamos estado en la cima de África. Supongo que es bueno ver algún detalle por parte del gobierno después de los 450$ en permisos…





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